Todavía puedo escuchar esa frase. Es la voz de mi madre mientras continúa con su paso apresurado, casi sin aliento. Es bajita, pero camina rápido. Es 1988 y caminamos de un lugar a otro por las concurridas calles cercanas al Zócalo, la plaza principal, el corazón de la Ciudad de México, donde bajo tierra yace sepultada la gran Tenochtitlan, la gran ciudad testigo del choque de civilizaciones. Dos caminos, dos visiones del mundo: la europea y la americana. Los españoles y los